Johann Heinrich Füssli, o Henry Fuseli como se le conoció en el mundo anglosajón, irrumpe en el panorama artístico a caballo entre el siglo XVIII y el XIX con una fuerza inusitada. Nacido en Zúrich en 1741, su camino inicial parecía destinado a la teología zwingliana, una formación que le otorgó una erudición profunda. Sin embargo, la llamada del arte fue más poderosa, llevándolo a abandonar los púlpitos por los pinceles y a establecerse en el vibrante Londres. En una era donde el Neoclasicismo dictaba las normas de la razón y la armonía, Füssli se atrevió a bucear en los rincones más oscuros de la psique humana. Sus lienzos son portales a los sueños, a lo sobrenatural y a las inquietudes góticas, un eco de lo que el Romanticismo más sombrío exploraría después. Su obra es un puente fascinante, donde la majestuosidad clásica se encuentra con una perturbadora y sublime ansiedad. Lo que distingue a Füssli es su habilidad para infundir lo macabro y lo sublime en composiciones que a menudo beben de fuentes literarias. Shakespeare, Milton o la mitología nórdica fueron sus musas. Sus figuras, con anatomías a veces exageradas y gestos cargados de dramatismo, no buscan la belleza ideal, sino la expresión cruda de emociones intensas: el terror, el éxtasis, la locura. Mientras otros pintores de historia narraban gestas heroicas, Füssli se sumergía en visiones y pesadillas. Su técnica, predominantemente óleo sobre lienzo, se complementaba con una abundante producción de dibujos, donde la línea y el contraste de luces y sombras creaban atmósferas de tensión palpable. Su lienzo más emblemático, La pesadilla (1781), es un testimonio elocuente de su visión. En él, una mujer yace indefensa, un íncubo se posa sobre su pecho y una yegua de ojos brillantes irrumpe desde la cortina. No es solo una imagen del miedo, sino una exploración de la sexualidad reprimida y los terrores nocturnos, un tema que resonó profundamente en su época y que sigue cautivando hoy. Otras obras como Titania y Bottom o El juramento de Rütli muestran su versatilidad. Se le asocia con el Romanticismo, aunque su base clásica le mantuvo anclado al Neoclasicismo, y fue un precursor de la "pintura de hadas" con sus representaciones fantásticas. Una curiosidad: su temprana vocación religiosa le llevó a ser ordenado pastor, un camino que abandonó para dedicarse plenamente al arte, un giro vital que sin duda nutrió su exploración de lo espiritual y lo demoníaco. Füssli, quien afirmó: "Uno de los signos más seguros de un genio original es la capacidad de crear una escuela, no de imitar una", dejó una huella duradera. Su audacia para representar lo irracional y lo fantástico influyó en generaciones posteriores de artistas, desde los simbolistas hasta los surrealistas. Hoy, su obra se valora por su originalidad, su profundidad psicológica y su capacidad para confrontar al espectador con los aspectos más oscuros y fascinantes del subconsciente. La influencia de Miguel Ángel y el Manierismo italiano es evidente en la fuerza de sus figuras y la composición de sus escenas.